martes, 27 de marzo de 2012

El Hereje

Título original: El Hereje
Año: 1998
Autor: Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010)


El Hereje es, en palabras de Miguel Delibes, su obra más ambiciosa y compleja. Narra la vida de Cipriano Salcedo, un vallisoletano venido al mundo en 1517, el mismo año en que Lutero clavó en la puerta de la Iglesia del Palacio de Witternberg sus 95 tesis contra las indulgencias de la Iglesia. 

Los hechos y circunstancias que desde sus primeros días de vida condicionan la existencia de Salcedo y desembocan en su adhesión a la secta protestante fundada y dirigida en Valladolid por el doctor Cazalla son el núcleo argumental de la obra. El Hereje es un entramado de personajes ficticios que se entremezclan con otros reales durante los años del reinado de Carlos I y Felipe II. La novela se pone en pie sobre una base histórica con una fácil proyección a la época actual: la persecución ideológica y la intransigencia son factores presentes tanto en el siglo XVI  como en la sociedad de hoy, y no estoy aquí para juzgar en qué lado se sitúa la intolerancia porque creo que, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas. Delibes describe la conjetura social y religiosa de la época y consigue poner de relieve las contradicciones de la conducta humana y la doble moral.

El fondo reflexivo y conceptual de la novela no se desarrolla en forma de un discurso ensayístico, sino en una narración ágil y pulida. Miguel Delibes contextualiza perfectamente la vida en la ciudad castellana, el urbanismo, los trajes de época, los viajes a caballo, los paisajes de la meseta castellana y su agricultura. Para esto se vale de dos herramientas fundamentales: por un lado, un exquisito y exhaustivo ejercicio de documentación; por otro, un lenguaje rico, preciso y limpio. Es uno de esos libros para leer con un diccionario cerca, no porque sea de difícil comprensión, sino para disfrutar (y aprender) del vastísimo vocabulario del autor. Delibes es un perfecto exponente  de la lengua castellana. No en vano esta obra le mereció el Premio Nacional de Narrativa en 1999 (ya lo había conseguido en 1956 por “Diario de un cazador”) concedido por el Ministerio de Educación y Cultura a la mejor novela publicada en cualquiera de las lenguas españolas.

Miguel Delibes, un pesimista confeso, fue diagnosticado de cáncer el mismo día en que escribió la última página de El Hereje y, como diría más tarde, “el escritor acabó en el quirófano”. Pero también fue él quien afirmó: “No deseo más tiempo, doy mi vida por vivida”. Leyendo El Hereje y encuadrándolo dentro del valioso legado literario y cultural que nos dejó, no podemos más que darle la razón.

domingo, 26 de febrero de 2012

The Artist: Sobran las palabras

Año de producción: 2011
Nacionalidad: Francesa
Director: Michel Hazanavicious

A unas horas de la ceremonia de los Oscar, escribo una entrada sobre la que desde ayer es mi película favorita para esta edición. No sé mucho de libros, y menos aún de cine, pero sí sé qué ocurre cuando una historia me impresiona y The Artist ayer me impresionó.



Pese a las reticencias iniciales por ir a ver una película muda (creo que puedo contar con los dedos de una mano el número de películas sin voz que he visto a lo largo de mi vida) y en blanco y negro, ayer finalmente me armé de valor - y palomitas - y me dejé atrapar por una historia que habla de la vanidad, del orgullo y de cómo estos a veces nos impiden levantarnos cuando hemos fracasado.

Pero no es el argumento de fondo lo que me maravilló, sino la forma de contarlo. The Artist es una historia sencilla y tierna. Carecer de un guión hablado impide poder narrar tramas más complejas que podrían no entenderse debidamente por parte del espectador. Por eso, la película habla de sentimientos sin dobleces y consigue conectar directamente con las emociones más consustanciales del ser humano. Anoche, mientras veía actuar a una adorable Bérénice Bejo, advertí que las palabras no son ni mucho menos fundamentales para la comunicación del hombre. El lenguaje gestual puede ser en ocasiones más poderoso que el hablado. Las miradas llenas de ternura y afecto que Jean Dujardin regalaba a su compañera de reparto lo decían absolutamente todo. The Artist deja patente el poder de una sonrisa, de una lágrima que tiembla al borde del ojo, de una mirada perdida. Poner voz en determinadas escenas habría destruido la magia de algunos momentos.

Hay en la cinta un protagonista obligadamente mudo: un adorable y fiel perro que acompaña a su amo a lo largo de toda la proyección. El es la expresión más palpable de que las palabras no son imprescindibles para expresar ciertos sentimientos.




The Artist nos recuerda que el hombre siempre se ha comunicado, incluso cuando vivía en las cavernas y se abrigaba con pieles de animales muertos a la luz de las hogueras y sólo era capaz de emitir sonidos guturales. La palabra le sirvió para ahondar en sus sentimientos, mejorar su forma de expresión y vivir experiencias más complejas. ¿Sería la vida más sencilla si no supiésemos hablar? Probablemente sí. Y resulta cuanto menos curioso reflexionar sobre esa forma de comunicarse (sin palabras) cuando a día de hoy hemos alcanzado el otro extremo: tenemos la posibilidad de chatear con gente cuyos rostros no hemos visto jamás, cuyas voces no hemos oído o cuyos abrazos no hemos sentido. 



En este blog, que pretende hablar de libros, puede resultar paradójico hacer referencia a una película donde la imagen y la música son los únicos factores necesarios para narrar una historia. Pero creo que los escritores son conscientes de que no todo es la palabra e intentan, a través de esta, mostrar el lenguaje gestual de sus protagonistas, transmitir el brillo de una mirada, la complicidad de un guiño de ojos o la exasperación de una vena hinchada en la frente. Aunque por ahora no han logrado que los libros tengan banda sonora... todo se andará.

No puedo acabar sin hacer referencia a la escena en el camerino del artista, para mí, absolutamente extraordinaria, llena de fuerza y elocuencia, o a la fascinante ambientación de los maravillosos y holliwoodienses años 20 cuya estética adoro.

Ahora sí, para mí, sin lugar a dudas, The Oscar goes to The Artist.

lunes, 13 de febrero de 2012

Ladrones de nuestro tiempo

No hay desacuerdo: el tiempo es un bien escaso y es, además, el único irrecuperable. Hay otros, como la salud - si bien no estrictamente un bien escaso, desde luego primordial -  que aunque mellada por enfermedades de mayor o menor gravedad, siempre cabe que regrese. El agua dulce es otro ejemplo: incluso tras periodos de sequía, volverá a  caer y rellenar nuestros pantanos. Y en cuanto al petróleo, se hallarán nuevos yacimientos que incrementarán las reservas actuales y desde luego yo confío en que encontremos recursos, fuentes de energía alternativas, que lo sustituirán.



Pero el tiempo, amigo mío, es harina de otro costal. No eras consciente cuando recibiste aquella palmadita y por vez primera tus pulmones se contrajeron en un acto reflejo, pero en ese preciso instante comenzó la cuenta atrás. Vives a contrarreloj. Cuando suena el despertador ya llegas tarde y el día se convierte en una lucha en la que la hora de entrada al trabajo, el inicio de la clase de Pilates, el cierre de la guardería y el comienzo de la serie de TV son tus más férreos enemigos. Admítelo, vives con prisa, vas con la lengua fuera.



Queremos estirar los días, pero el tiempo es rígido, inflexible. No da tregua y además tiene buenos aliados. Son los ladrones del tiempo. Tienen nombre y apellidos, diferentes para ti y para mí, pero algunos, los más crueles y atroces, son comunes. Tú y yo compartimos su sadismo. Llámalo Ipad, Iphone, Google, Apple Store o simplemente, Internet. Tenemos acceso directo en cada momento del día, lo llevamos en el bolsillo, lo consultamos en el autobús, incluso en el metro ya tenemos cobertura, respondemos mensajes mientras vemos la tele, jugamos en línea cuando estamos leyendo y leemos emails en mitad de una comida con amigos. El dedo se mueve audaz sobre la pantalla táctil y los ojos sobrevuelan las letras sin llegar a concentrarse. Mientras, el segundero del reloj marca inflexible el paso del tiempo. Perdemos la carrera. Saltamos de un tema a otro- los links facilitan la tarea- sin llegar a profundizar en ninguno. Mientras, la novela que teníamos entre manos nos mira abandonada desde su destierro, el marca páginas parado desde hace días, la esperanza ya perdida. 


Lo admito: Yo también soy víctima de estos ladrones de tiempo… y aún no sé si claudicar. Me resisto a que roben tiempo a mis lecturas, pero a la vez disfruto con mis juegos online y los WhatsApps. ¿Dónde está el equilibrio? La vida se acaba, date prisa. Escoge entre leer o jugar, escribir o chatear. Has de tomar decisiones. Sé el único dueño de tu vida. La vida es un regalo, insustituible y único. De ti depende que sea extraordinaria. Aprovéchala. Tu tiempo te pertenece, tú puedes manejarlo. No seas un mero espectador. Coge tu libro y lee, toma decisiones, disfruta, escribe, juega, ama y sé valiente. Mañana ya no estaremos aquí. Todo lo que hagas hoy, quedará hecho, se archivará en tu memoria. ¿Qué clase de recuerdos deseas almacenar? Pocas veces hay una segunda oportunidad. Cógela al vuelo. No tengas miedo. Tú tiempo, tus días, tus experiencias, sólo a ti te pertenecen.

domingo, 29 de enero de 2012

Una temporada para silbar

Título original: The Whistling Season
Autor: Ivan Doig (EEUU, 1939)

Después de una lectura no del todo estimulante (Las Uvas de la Ira), buscaba un libro con efecto Coca Cola: que en lugar de provocarme somnolencia y apatía, me entretuviera, me enganchase de forma inocua y dejase un buen sabor de boca. Me alegra poder afirmar que “Una temporada para silbar” ha satisfecho todos estos requisitos.


En un pueblecito del estado de Montana, a principios de siglo XX, la familia Milliron, compuesta por un padre y tres niños huérfanos de madre, contrata a un ama de llaves para poner orden en su casa. Pero no será esta mujer venida de Minnesota  la única persona que irrumpirá en sus vidas, pues la afable Rose llega acompañada de un hermano quien, a pesar de unas primeras apariciones intrigantes que a mi entender auguraban terribles desgracias, va ganándose la confianza y el afecto del lector conforme avanza la novela.

Ivan Doig, autor de “Una temporada para silbar”, recurre a la voz de Paul, el mayor de los tres hijos, para narrar en primera persona y con la perspectiva que le ha otorgado el paso del tiempo, esta historia que nos atrapa en un universo de delicadas sutilezas. La audacia del protagonista es vital a la hora de tomar las riendas de esta historia donde la ternura y la carcajada – o al menos la sonrisa cómplice – surgen en dosis equivalentes.


Hay dos aspectos burbujeantes en esta novela Coca Cola que me han gustado especialmente. Primero, sus personajes. Doig da en el clavo cuando plasma a través de los recuerdos de Paul las diversiones, enfados,  peleas, diálogos y relaciones de los muchachos preadolescentes con su entorno. Delimita con sutileza la personalidad de estos chavales que oscilan en el delicado filo que separa el final de la infancia del principio de la adolescencia. Pero no sólo ellos, sino el resto de personajes (su padre, el ama de llaves, el maestro, la tía Eunice y un complejo entramado de actores) están perfilados de forma única: no aparecen como una amalgama secundaria, sino que cada uno adquiere relieve y personalidad propia.

El otro aspecto que me ha encandilado ha sido la figura del maestro de la escuela unitaria de Marias Coulee, donde los alumnos de todos los cursos y edades comparten aula. Siempre me han gustado las películas y novelas que tratan el tema de la docencia, y aunque "Una temporada para silbar" va más allá de las paredes de la escuela, he disfrutado cuando el autor abordaba con una sencillez efectista los momentos más rutinarios de la vida escolar, la relación del maestro con los alumnos, la esperanza que deposita en ellos y su particular forma de enseñar. Creo que Ivan Doig consigue también plasmar con acierto la actitud de los muchachos frente al maestro: el temor y la admiración, el respeto y la complicidad.


“Una temporada para silbar” es una novela agradable, visual, colorida y delicada no sólo en el fondo, sino en la forma - bien estructurada y de estilo cuidado - que entretiene y distrae. Una novela capaz de transportarnos a un pueblo lejano de Montana, de subirnos a los lomos de un caballo en medio de los caminos nevados con las Rocosas de fondo y de recordarnos cómo se mira a través de los ojos de la infancia. Por eso, y por el ligero desasosiego que surge de las pequeñas intrigas que siembran la historia, la devorarás en pocos días.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Romántico libro de papel

Esta es una entrada contra las listas de ventajas y desventajas como herramientas para tomar decisiones, porque generalmente en ellas no se ponderan los argumentos. Es una entrada que pone en duda el valor de las nuevas tecnologías, es un pequeño bastión de  resistencia frente al progreso, es, al fin y a la postre, una oda al romanticismo.  

Hoy nadie se atreve a cuestionar que las tecnologías han invadido nuestro día a día. Somos tecnológicos desde que nos levantamos con una canción descargada en iTunes en lugar de la radio-despertador, hasta que nos acostamos consultando los últimos tweets o actualizaciones en Facebook de nuestros amigos digitales (a los que quizás no vemos desde hace meses). Las ondas wifi nos rodean y probablemente amenazan nuestra salud – puede que un día alguien se atreva a desvelarnos los auténticos riesgos que entrañan. Las televisiones se han vuelto planas, los ordenadores ahora son tabletas sin teclado, la música se escucha en mp3 y no hace falta rebobinar. Incluso los libros han visto transformada su forma tradicional con la irrupción del libro digital, también conocido como e-book.


En una engañosa lista de "pros" escribiríamos que los libros digitales suponen un importante ahorro de papel. La deforestación de las selvas del planeta me preocupa, pero querría saber cuántas de las talas anuales son destinadas a la elaboración de papel para los libros. Además, en el otro lado de la lista, no podemos olvidar que los libros digitales consumen energía a lo largo de toda su vida. Mientras que el libro tradicional se auto recicla conforme pasa de mano en mano, los ebooks requieren de energía no solo al descargarlos, sino también cada vez que son leídos. Eso sin tener en cuenta que muchos de quienes descargan de forma fanática, almacenando hasta miles de títulos, probablemente no llegarán a leerse más de una veintena. Sin embargo, no me imagino a una de estas personas amontonando libros en su casa sin intención de leerlos jamás.

Pero mis argumentos a favor del libro en papel son mucho menos racionales. La tecnología nos ha arrebatado las fotografías en blanco y negro que los novios enamorados dedicaban a sus amantes con letras oblongas, y me disgustaría que nos robasen definitivamente el soporte de dedicatorias que conforman todavía los libros tradicionales. La última que conseguí pertenece a Vargas Llosa. Fueron necesarias dos horas de espera bajo un ardiente sol de junio, rodeada de gente con la que compartí mi admiración por el peruano. Especialmente recuerdo a una joven estudiante de periodismo que sostenía un manoseado ejemplar de “Quién mató a Palomino Molero”. De no haber sido por esa búsqueda romántica del libro dedicado, no habría conocido a esta muchachita divertida y soñadora con la que compartí una mañana divertida. No me imagino a don Mario firmando en una superficie digital y desde luego no me habría gustado que me hubiese atendido a través de una pantalla de ordenador con skype.


Los libros en papel pueden convertirse en auténticas reliquias. El robo del Códice Calixtino así lo atestigua: nadie se molestaría en robar un ejemplar digital del que fácilmente habría millones de copias en el mundo. Volviendo a Vargas Llosa, contaba una ocasión en que, en una librería de segunda mano, recuperó un ejemplar que hacía años había perdido junto con su equipaje en un aeropuerto. Aún podía leerse su nombre escrito de su propio puño y letra, la fecha en que lo leyó e incluso la puntuación del uno al veinte que le había otorgado siguiendo los criterios de las escuelas peruanas. ¿Habría podido sentir la misma satisfacción de recuperarlo si se hubiese tratado de una copia digital? Yo creo sinceramente que no.


A mí me encanta manosear los libros en papel, doblar los picos de las páginas, escribir mi nombre y la fecha en que los compré, subrayar frases que me gustan, hacer anotaciones en los márgenes, dejárselos a mis amigos y recordarles que me los han de devolver. Me gustar verlos decorando mis estanterías, amarilleando, acumulando polvo, desencuadernándose con el paso del tiempo. Me agrada olisquearlos, observar cómo el marca páginas va avanzando. Me da añoranza recoger la arena de playa que acumularon en verano entre las páginas y leer las dedicatorias de quienes me los regalaron. Por todas estas razones, y porque leer a Lord Byron en soporte digital se me antoja una esperpéntica aberración, yo seguiré leyendo novelas en papel.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Las uvas de la ira

“Las uvas de la ira” le valió a John Steinbeck el premio Pulitzer en 1940. Ya sólo el título es completamente fascinante,  potente como bien pueden serlo “El animal moribundo", de Philiph Roth, o "Desgracia", de Coetze. Bajo este título tan evocador, Steinbeck, premio Nobel además de Pultitzer, como casi todos los de su Generación Perdida, narra las desventuras de una familia de agricultores tejanos que, azotados por la sequía y la crisis agrícola que siguió al crack del 29, se ve obligada a abandonar sus tierras y emprender una dura travesía hacia el Oeste. California se presenta como una tierra prometida llena de oportunidades. Ya sin nada que perder – han sido desahuciados por los bancos y son víctimas de una sequía pertinaz y de la introducción de la maquinaria agrícola que cambia las fórmulas tradicionales de explotación – los Joad cargan sus pocas pertenencias y emprenden un éxodo que no estará exento de penurias.   


Steinbeck empela un estilo sencillo y directo para relatar la desolación, las vicisitudes y la pobreza extrema contra la que lucha la familia, y esto sin necesidad de recurrir en ningún momento a sentimentalismos o a la lágrima fácil. Sus descripciones son tan precisas que nos transportan a esa América profunda que tantas veces hemos visto en las películas. No obstante he de confesar que algún pasaje me ha resultado algo tedioso (se me ocurren ahora las páginas que mantienen a Tom y Al Joad ocupados entre bielas y pistones mientras se afanan en realizar ciertos arreglos mecánicos)

Conforme iba leyendo, no dejaba de encontrar paralelismos entre la historia de los Joad y la de la Europa actual. Primero, es evidente que en ambos casos estamos ante el fracaso (o el traspiés) de un sistema donde las entidades financieras han jugado un importante papel. En segundo lugar, “Las uvas de la ira” es la historia de un éxodo masivo motivado por la búsqueda de oportunidades laborales. Hoy en día en España los jóvenes no son capaces de incorporarse al mercado laboral de forma activa y muchos están empezando a optar por la emigración Esto conlleva no sólo la fuga de talentos, sino también un preocupante envejecimiento de la población activa. Por último (y por no extenderme demasiado), en la obra de Steinbeck juegan un significativo papel los comerciantes que sacan partido de la crisis exprimiendo sin piedad a los emigrantes. En la crisis de deuda que sufrimos, la especulación contra los países periféricos está elevando la prima de riesgo a niveles sin precedentes. Los reguladores europeos incluso se vieron obligados en verano a perseguir las ventas en corto de las acciones de entidades financieras para frenar la especulación.


A pesar de todo, en “Las uvas de la ira”, frente a la catarsis de un sistema fracasado, se yerguen con energía valores humanos como la dignidad de la persona, la lealtad, la solidaridad con el que sufre y el valor de la familia. Creo que a estas alturas nadie negará que las crisis se producen de forma cíclica tras periodos de expansión – la historia así se empeña en demostrarlo – pero cabe la pena preguntarnos si en nuestra sociedad también perduran los mismos principios a los que se aferraron los Joad en su peregrinaje. Como ellos, creo que deberíamos dar la espalda al individualismo, abrir los ojos, mirar a nuestro alrededor, y recuperar esos valores que deberían ser nuestro principal equipaje en el camino hacia la recuperación.

viernes, 2 de diciembre de 2011

De libros y zapatos

Hace poco analizaba mi manera de seleccionar los libros que luego voy a leer. Seguro que cada lector tiene sus propios métodos y probablemente sea algo tan personal como elegir unos zapatos. Puede que incluso ambas actividades deparen sorpresas equiparables: zapatos bonitos en  apariencia que sin embargo resultan incómodos y dolorosos (esos que terminan guardados en la caja, casi nuevos, como el libro que no terminamos de leer),  zapatos que compramos con un sentido únicamente práctico pero que acaban convirtiéndose en imprescindibles, cual libros de cabecera, zapatos de tacón para contadas ocasiones que nos hacen sentir especiales, etéreos como un libro de poesía.



Escoger un libro es el primer placer que nos proporciona la lectura. Cada vez disfruto más visitando librerías, ojeando tomos por temática o autor, descubriendo títulos, leyendo los resúmenes de las contraportadas o las primeras frases de una novela. Es divertido aventurarse y comprar un libro por inercia. ¿Acaso nunca te has comprado un par de zapatos que te sedujeron desde un primer momento en el escaparate? Probablemente el color, la textura de la piel, la arquitectura del tacón y el puente del pie te cautivaron sin habértelos llegado a probar. Algo similar me pasa a veces con los libros y para gran suerte, el sexto sentido no me suele fallar.

Los amigos y la familia también juegan un papel importante en el proceso de decidirnos por un libro. En estos casos, es fundamental conocer sus gustos. No debemos olvidar que no son críticos profesionales, por lo que su juicio estará generalmente basado en aspectos meramente subjetivos. Puedes acompañar a un amigo a ver “Lars y una chica de verdad” porque es la excusa para juntaros una tarde y compartir luego un café, pero el libro lo leerás en soledad y, por norma general, sin palomitas. O, siguiendo con la metáfora de los zapatos, puedes caminar al lado de un amigo con un par que él te ha regalado, pero serás tú quien sufra la presión en el juanete.

Tampoco hay que desdeñar la opinión de profesionales que escriben en diarios, suplementos dominicales o revisas especializadas. Una especie de Fotogramas de las letras, con la diferencia de que, con un poco de suerte, al crítico literario se le entiende. Ellos publican los rankings con las mejores novelas del año y son capaces de distinguir unos Manolos de unos vulgares zapatos de poli piel, incluso cuando la imitación está lograda.


Son innegables las similitudes entre el calzado y las novelas: a Carrie Brashaw, la famosa columnista de Sexo en Nueva York, le pidieron matrimonio con un par de Manolos; por su parte, el príncipe Felipe recibió como regalo de compromiso una joya literaria. Y a mí, definitivamente, con los libros me pasa como con los zapatos: me gustan de marcas buenas y que resistan el paso del tiempo.